Visitando un templo el primer día del año del caballo

Vista del templo de Haitang de Guangzhou.

Cuando desperté tras la “nochevieja” china, me levanté de la cama y caminé hacia la ducha, como cada mañana. Cuando por fin iba a proceder a mi lavado matutino, algo interrumpió mi voluntad. Se trataba de mi compañero de piso a la voz de “¿cómo te vas a duchar en el primer día del Año Nuevo chino?”. Más adelante, sin poder ducharme, obtuve la explicación de tal superstición china.

Al parecer, el segundo carácter de la palabra china para pelo (头发) es el mismo que el primero que se utiliza para “hacerse rico” (发财). Por lo tanto, se considera todo un atrevimiento el lavarse el pelo por la posibilidad de que con ese lavado también se vaya la fortuna para el nuevo año.

Molinillos dorados para celebrar el Año Nuevo chino.

Así que, sin haberme podido lavar, y como buen budista que no soy, me dirigí al templo de Haitang (海棠) en Guangzhou para ver qué se cocía. El ambiente en la calle era abrumador, prácticamente todos los comercios estaban cerrados, excepto algún restaurante y pequeñas tienda de alimentación. Todos los chinos estaban en la calle y la mayoría portaba unos llamativos molinillos dorados cuadrangulares formados por una diosa china en el centro protegida por varios molinillos alrededor. Al parecer, se trata de una forma de atraer la buena suerte para el nuevo año.

Gente rezando con inciensos ante la estatua de una diosa en el templo de Haitang.

Dentro del templo había también mucho ambiente. La gente va para pedir salud, dinero, amor (tres cosas hay en la vida) y otros asuntos para uno mismo, sus familiares y para honrar a los fallecidos. Los templos suelen ser recintos al aire libre generalmente vallados o amurallados, y se suele requerir un pequeño pago para entrar. Dentro del templo hay distintos edificios dedicados a numerosos dioses. La forma de pedir ayuda a los dioses se basa en encender una barra de incienso (generalmente las venden dentro y en los alrededores del templo), hacer varias reverencias delante de la estatua del dios flexionando la espalda con el incienso entre las manos o juntando las manos (igual que en el rezo cristiano) y pensar en lo que estás pidiendo. Una vez terminado, la barra de incienso se clava en unos enormes recipientes metálicos con arena que están colocados a unos metros delante del dios. Cada dios tiene también una caja en la que la gente deposita dinero que va para el mantenimiento del templo.

Espirales de incienso para celebrar el Año Nuevo chino en Guangzhou.

Otras cosas que pude ver en el templo eran unas espirales de incienso que tenían forma de campana por las que gente pagaba, escribía un mensaje en un papel rojo y unos trabajadores del templo las encendían y colgaban de unos hilos. También todo templo tiene una zona dedicada a los muertos, se trata de unas tablillas de madera verticales que suelen estar colgadas en una gran pared. Cuidado cuando visitéis un templo, tened cuidado ya que es una gran falta de respeto hacer fotografías a estas tablillas y los turistas no suelen saberlo.

Tejas apiladas en el templo de Haitang en Guangzhou.

En la entrada del templo había una zona donde tenían apiladas muchas tejas que iban a formar parte del tejado de los diferentes edificios del templo. A cambio de una aportación, uno puede escribir un mensaje en la teja, generalmente para pedir por sus familiares, y más adelante esa teja será colocada en el templo.

Como veis, un templo chino da para mucho. Aún sin ser Año Nuevo, los chinos suelen ir cada cierto tiempo al templo para hacer ofrendas a los dioses y pedir por sus allegados. A diferencia de otras religiones, el budismo no tiene misas propiamente dichas, así que la gente va al templo cuando quiere.

La ‘nochevieja’ china y otras reflexiones sobre el Año Nuevo chino

Ahora que ha pasado un mes desde el Año Nuevo chino me gustaría hacer algunas reflexiones al respecto. Pese a que llevo varios años en China, durante las fechas de Año Nuevo chino siempre había viajado fuera del país, por lo que todavía no había podido vivir en primera persona la experiencia hasta este año.

Estructura luminosa celebrando el año del caballo.

El día 30 de enero terminaba el año de la serpiente para dar paso al año del caballo. En mi caso, volví a Guangzhou, la primera ciudad de China en la que viví, para celebrarlo con una familia cantonesa. Estaba muy ilusionado con vivir la “nochevieja” del Año Nuevo chino y ver cómo se celebraba. La cena fue en un restaurante cantonés, con mucha comida, como era de esperar, pero tampoco vi demasiada diferencia con otras cenas a las que había asistido con las mismas personas.

Después de la cena fuimos a pasear por una larga avenida en el casco antiguo de Guangzhou. La calle estaba a rebosar, habían cortado el tráfico y hordas de chinos ataviados con todo tipo de objetos luminosos (cuernos de diablo, espadas de luz, sombreros…) intentaban avanzar torpemente entre la multitud.

Chinos comprando limones en un puesto callejero de un mercadillo de Guangzhou.

La espina dorsal de la avenida se había convertido en un improvisado mercadillo con cientos de puestos en los que se vendían todo tipo de cosas. Los chinos compraban pequeños árboles de naranjas (que simbolizan el dinero por su color parecido al oro), una especie de esculturas hechas con limones (que digo yo que también simbolizarían el dinero), dulces típicos y juguetes para niños. Por encima de nuestras cabezas colgaban hileras de farolillos rojos encendidos. Se vivía un ambiente bastante parecido al de las calles españolas durante la Navidad.

Un niño cogiendo dulces en un puesto del mercadillo de Año Nuevo chino de Guangzhou.

Los minutos avanzaban y cada vez se acercaba más la medianoche y, con ella, la llegada del año del caballo. Yo estaba impaciente por ver qué iba a ocurrir, ya que no esperaba que la gente se sacase doce uvas de la manga y de algún campanario apareciese un Ramón García cantonés con su Anne Igartiburu a juego para empezar la cuenta atrás.

5, 4, 3, 2, 1 y… nada. La gente seguía caminando como si no hubiese ocurrido nada. Ninguna voz se alzaba sobre otra, no se escuchaban petardos, ni música, lo mismo de antes. La gente seguía caminando. Ahí es cuando me di cuenta de mi error: intentar entender el Año Nuevo chino con la mentalidad de nuestra NocheviejaNo se trata de un punto exacto en el que acaba un año y empieza otro, sino que son unos días indivisibles de celebración.

Puesto de maquetas y juguetes en Guangzhou durante el Año Nuevo chino.

Durante estas fechas, la gente va a visitar a sus familiares y cada día se celebra una comida o cena en casa de un familiar distinto. Los mayores regalan los “hongbao” (sobres rojos con dinero) a los que todavía no están casados. Se tiran petardos en las puertas de casas y negocios para alejar a los malos espíritus (esto en Guangzhou no se hace, ya que los petardos están prohibidos por motivos de seguridad). Y otras tantas celebraciones distintas. Como siempre en China, mi mente occidental me había jugado una mala pasada al intentar entender a los chinos dentro de un marco  de pensamiento occidental.

La aldea tradicional de Hongjiang

Como ya comenté en entradas previas, durante el Año Nuevo chino estuve viajando por la provincia de Hunan visitando pequeñas aldeas. Tras aterrizar en Changsha, capital de Hunan, mi primer destino fue la aldea tradicional de Hongjiang (洪江古商城), una aldea escondida dentro de un caótico pueblo con no demasiado encanto. La aldea tradicional de Hongjiang está formada por un laberinto de callejones en los que se esconden edificios y casas con más de 500 años de antigüedad y que todavía conservan sus estructuras originales en perfecto estado. Pero Hongjiang no es todo fachada, también oculta un pasado sorprendente: el de una agitada ciudad comercial considerada un embrión del capitalismo en China.

Entrada a la aldea tradicional de Hongjiang en Hunan.

Debido a que tomé un tren nocturno, llegué a la aldea de Hongjiang muy pronto, alrededor de las 7.30 de la mañana. En la entrada de la aldea hay unas taquillas donde te cobran 120 RMB (€ 13,93 *) por la entrada a la aldea, acceso a ciertos edificios (la mayoría reconstruidos) y una visita guiada (en mandarín). Cuando llegué allí, las taquillas no estaban abiertas y pudimos entrar sin problema. La aldea sigue teniendo habitantes, por lo que se puede entrar por distintas calles en las que no hay taquilla. De hecho, si sigues rodeando la aldea, cualquier callejón te permitirá adentrarte sin pagar, algo que no es obligatorio, pero que si te ven cara de turista (fácilmente reconocible en China) te la intentan colar.

Pequeña calle de Hongjiang con farolillos rojos de Año Nuevo chino.

A esas horas de la mañana la aldea parecía un pueblo fantasma, no había ningún turista. Únicamente las personas que actualmente viven allí, la mayoría ancianos, pululaban por la ciudad haciendo la compra, paseando y charlando. El haber llegado antes de tiempo nos permitió entrar en casas que antes eran escuelas, talleres y demás negocios y que todavía mantenían la estructura original de madera en su interior. Los ancianos eran muy simpáticos y cuando veían que les hablabas un poco en mandarín te enseñaban orgullosos su vivienda repitiendo continuamente que era una casa tradicional de verdad, no una réplica.

Estructura de madera de una casa de Hongjiang.

Para entrar a cada casa tienes que atravesar un gran portón de madera o hierro que te da acceso al patio central, generalmente abierto al cielo. Ya en el centro del patio te encuentras rodeado por preciosas estructuras de vigas de madera que dan lugar a casas de dos alturas con diferentes estancias. En las partes altas del patio cuelgan piezas de carne y pescado para secarse; también hay tendederos, meros trozos de cuerda atados de una barandilla a otra, con ropa secándose.

Puerta de una casa de la aldea de Hongjiang con el retrato del omnipresente Mao Zedong.

La gente que vive dentro de las casas, pese a poseer una auténtica joya, no aparentan tener demasiado dinero, llevan una vida austera y tradicional. En cada estancia vive un anciano o una pareja de ancianos y todos se reunen en el patio central para cocinar, comer y charlar, lo que más le gusta a los chinos.

Puerta de un banco en la aldea de Hongjiang.

La aldea de Hongjiang cuenta todavía con los edificios originales de numerosos comercios, como la puerta de este banco.

El viaje a Hongjiang es un viaje a la belleza de la China tradicional, con casas datadas de la época de las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1655-1911) en perfecto estado. Pero también es un viaje en el tiempo a una metropoli del comercio. La aldea tradicional de Hongjiang se presenta como un punto estratégico dentro del suroeste de China desde el cual se distribuían productos a las cinco provincias que la rodean (Guizhou, Guangxi, Hunan, Sichuan y Hunan). Hongjiang fue famosa por ser el mayor centro de distribución de opio del suroeste chino. En aquella época el opio provenía de Inglaterra y, para frenar el consumo de éste entre la población, el emperador tuvo que poner fuertes aranceles a la entrada éste en el país.

Exterior de un gimnasio de artes marciales en la aldea de Hongjiang.

Es un privilegio poder perderse por unas callejuelas que rebosan historia en cada esquina. Farmacias, lonjas de mercaderes de distintas provincias, burdeles, bancos, gimnasios de artes marciales y hasta sedes de periódicos. Paseando por la aldea tradicional de Hongjiang todavía puedes sentir la agitada vida comercial allí acontecida, como si fuese una película. Pero de pronto, giras la vista y todo vuelve a estar, otra vez, en silencio.

Callejón vacío en la aldea tradicional de Hongjiang.

 

Cena de empresa de Año Nuevo chino

El domingo anterior a Año Nuevo chino la compañía en la que trabajo celebró una cena-gala para todos los trabajadores. Mi empresa es una gran multinacional china, por lo que me esperaba un gran evento y, pese a que no esperaba que fuese algo muy entretenido por la barrera idiomática, acabó dejándome impresionado por algunos detalles que os cuento a continuación.

Los presentadores de la cena de Año Nuevo chino de mi empresa sobre el escenario.

Durante la celebración no faltaron globos, confetti y, sobre todo, vestidos con mucho brillo.

Cuando llegué al lugar de la cena, el salón de eventos de un hotel de cinco estrellas, el evento ya había comenzado. El lugar era gigantesco, ya que se juntaban más de 1000 trabajadores de la empresa y algunos venían con sus parejas e hijos. Como buen evento chino, todo estaba decorado con mucho ornamento, predominando los colores rojos y dorados típicos de Año Nuevo. En el fondo del salón habían instalado un escenario gigante con 3 pantallas para que los del fondo pudiesen ver la gala sin problema. Y como los chinos son muy 2.0, las pantallas también reflejaban mensajes que podíamos enviar a través de WeChat felicitando el Año Nuevo chino a todos los presentes.

Al llegar a la mesa nos estaban esperando dos botellas de vino australiano, una botella de baijiu (una especie de aguardiente chino de 56 grados intragable), caramelos, cacahuetes, mandarinas y varios artilugios con luces para animar el cotarro cuando el baijiu corriese por las venas de los asistentes. La comida se hizo de rogar bastante entre eternos vídeos corporativos, discursos y actuaciones al más puro estilo Noche de Fiesta, pero en mandarín. Se sucedieron varios sketches dignos de Ángel Garó o Jaimito Borromeo, hasta que por fin llegó la comida.

Trabajadoras de mi empresa en una mesa de la cena de Año Nuevo chino.

En China no se estila mucho la botella de vidrio para los refrescos, así que suelen servir botellas de plástico.

Como siempre en China, el ruido no cesó durante la comida. El volumen de los altavoces estaba altísimo y las luces brillaban por todas partes. Al principio nos sirvieron unos aperitivos crudos de nabo, zanahoria, algas y setas. Y poco a poco fueron llegando más platos, ternera estofada con batata, ternera salteada con pimientos picantes, sopa, pescado y al final unos dulces típicos cantoneses, como una especie bollitos pequeños con azúcar fundido por encima.

Durante la cena siguieron pasando por el escenario todo tipo de actuaciones llevadas a cabo por trabajadores de la empresa: cantantes, bailarinas de danza del vientre e incluso unos tipos que salieron en calzoncillos, con camisa, americana y unas máscaras de caballo (no iba a ser menos dada la ocasión) y bailaron el tan manido gangnam style. También se entregaron infinidad de trofeos a los mejores trabajadores de la empresa, a los departamentos más productivos (entre los que estaba el mío) y demás.

El presidente de mi empresa dando premios a los mejores trabajadores.

Los mejores trabajadores de la empresa recibieron un trofeo y un premio en metálico, que es lo que más les gusta a los chinos.

Pero lo mejor de la cena fue el sorteo de regalos y dinero, una práctica muy común en los eventos chinos. Entre actuaciones algunos directores de la empresa salieron  a escena para sortear teléfonos de nuestra empresa. Conforme avanzaba la noche los modelos de los teléfono fueron subiendo de gama hasta que llegaron a los modelos más caros y empezaron con el dinero. Las cantidades de dinero sorteado rondaban entre los 1000 RMB (€ 116,08 *) el premio más pequeño y 2600 RMB (€ 301,80 *) el más alto. Pero el tema es que cada vez que sorteaban dinero daban premios a 20 ó 30 personas a la vez, así que os podéis imaginar los lotes de dinero que se repartieron.

El presidente de mi empresa hablando para todos los asistentes a la cena de Año Nuevo chino.

El presidente de mi empresa y otros directores ataviados con una bufanda roja como símbolo de suerte para el año nuevo.

El final de la noche estuvo centrado en el sorteo de dinero. El presidente y el dueño de la empresa subieron a escenario, algo animados por el ritmo de la noche, y empezaron a repartir dinero de su propio sueldo (de la paga especial de Año Nuevo chino). Poco a poco fueron subiendo directores de todos los departamentos y sortearon también dinero entre los asistentes. La noche acabó sobre las once, algo bastante tardío para el horario chino y más contando que el evento empezó a las cuatro de la tarde. La cifra total de dinero sorteado, aunque la desconozco con exactitud, rondó los 100.000-150.000 euros entre teléfonos y dinero en metálico. En cuanto se hizo el sorteo del último premio, el pabellón se quedó desierto en cuestión de cinco minutos, sin dar tiempo siquiera a los presentadores a despedir el evento.

Sin duda fue una noche en la que se cumplió el mashangyouqian (吗上有钱) que tanto se utiliza para felicitar el año. Yo tuve suerte y me fui a casa con 1000 RMB (€ 116,08 *) en el bolsillo.

Visitando el pabellón Tianxin en la ciudad de Changsha

Vista delantera del pabellón Tianxin.

Durante las recién terminadas vacaciones de Año Nuevo chino estuve viajando durante 6 días por la provincia de Hunan, lugar de procedencia de Mao Zedong. Mi primera parada fue la ciudad de Changsha, capital de Hunan, en la que no me detuve demasiado tiempo, ya que era una ciudad de paso. Mi ruta se centró más en pequeñas aldeas tradicionales, de las que hablaré próximamente.

A día de hoy, Changsha es una ciudad no demasiado bonita, o al menos por lo que yo pude ver. Pese a ser Año Nuevo, la polución era bastante notable. La arquitectura urbana tampoco es demasiado agraciada, como si se hubiese quedado estancada hace cuarenta años. Changsha es una ciudad que no mantiene demasiado patrimonio  cultural, entre otras cosas, debido a la Segunda Guerra Sino-japonesa, que se dio en 1938, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, la ciudad, que había sido sitiada por los japoneses, fue prendida fuego por el ejército chino de Guomindang. El incendio duró cinco días y como consecuencia se perdió patrimonio datado de miles de años. Junto a Estalingrado, Hiroshima y Nagasaki, Changsha fue una de las ciudades más dañadas durante la Segunda Guerra mundial.

Vista trasera del Pabellón Tianxin.

Sin embargo, Changsha todavía mantiene algunas reliquias de su pasado. Entre ellas se encuentra el pabellón Tianxin (天心阁, literalmente, pabellón del corazón del cielo), localizado en un parque en el centro de la ciudad. El pabellón Tianxin posee más de 400 años de historia y está situado en lo alto de una muralla construida hace más de 2.200 años y es considerada una de las joyas antiguas de la provincia de Hunan. El pabellón Tianxin no se salvó de ser afectado por el incendio de 1938, pero fue restaurado por el Gobierno chino en 1983.

El edificio está bastante bien cuidado y si hay poca gente, es un lugar muy relajando. Las barandillas de piedra que rodean el pabellón cuentan con figuras de leones, carros, caballos y dragones, entre otras figuras, que reflejan la importancia de la ciudad de Changsha durante el periodo Chu-Han (periodo entre la dinastía Qing y la Han durante los años 206-202 aC). La utilidad del pabellón era la de ofrecer sacrificios a los dioses.

Muralla de la ciudad de Changsha, en China.

Al atardecer el pabellón muestra su mejor cara con el sol haciendo radiar los tonos dorados y marrones de sus tejados. La muralla sobre la que está situado es bastante ancha y se puede caminar por ella. Todavía mantiene algunos cañones de tiempos pasados, cuando la muralla protegía toda la ciudad de Changsha. Es bastante curioso el contraste entre la muralla de aspecto medieval y los gigantes edificios que actualmente rodean la zona. 

Justo antes de la entrada al pabellón hay una tetería con una terraza muy bonita de madera donde se puede disfrutar de una tetera mientras se descansa un poco. Yo me detuve a hacer un alto en el viaje y ver el atardecer mientras tomaba una tetera de té pu-erh. Un buen final para todo un día viajando.

Tetería cerca del pabellón Tianxin de Changsha.